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Conociendo Sal Maldon en Essex

 

 

La semana pasada fui a visitar el estuario Blackwater en el Condado de Essex (Inglaterra) para ver cómo trabaja nuestro cliente Maldon. Disfruté como una niña de una brisa fresca que te levanta el ánimo, en uno de esos días fabulosos que en Barcelona disfrutamos tanto pero que para nosotros los ingleses es todo un lujo.

 

La sal es sal aquí y en Springfield, el hogar de los Simpson, pero ¿qué interés puede tener para cualquier ser humano la sal aparte de para echarla a la comida? Pues mucho más de lo que uno puede pensar. Para mi sorpresa uno puede incluso llegar a maravillarse con algo aparentemente tan soso (no en el sentido literal) como es la sal.

El estuario Blackwater es una gran extensión de agua que se adentra en el mar y en la que además hay mareas. Y hay mareas altas. ¿De cuánto? Pues hasta de 6 metros; lo que viene siendo 3 jugadores de basket uno encima del otro que sube en cuestión de horas. Poca broma con la naturaleza.

Ya existían minas de sal en estas tierras en la época de los Romanos (habitaron las islas británicas desde el 43 antes de Cristo hasta el 409 después; casi 500 años). Luego llegaron los sajones (uno de los principales culpables o inocentes de nuestro particular carácter), y todavía se puede ver en este estuario y en plena bajamar las enormes “sartenes” de barro que usaban para extraer la sal.

Ningún ser humano puede vivir sin sal, de la misma forma que todos tenemos sangre en las venas (aunque algunos parece que tengan horchata), y el hecho de que sea sal natural y pura marca una gran diferencia. El cloruro de sodio no es el único mineral que contiene el agua de mar, pero una de las cosas más curiosas que me enseñaron es que todo aquello que no sea cloruro de sodio, aunque también sea salino, se deja en el sartén cuando se elabora una sal pura como Maldon.

En el siglo XIX la familia Osborne empezaron con el negocio de producir sal, usando un método de extracción artesanal y tradicional para que el producto final fuera 100% puro.

Hoy en día el agua de mar de Blackwater se lleva a una especie de grandes almacenes para protegerla de la polución y de partículas externas potencialmente contaminantes (en otra época en la que la gente se movía en bici, había 4 coches en toda Inglaterra y pasaba un avión al año por esos cielos, no hacía falta almacenarla porque se dejaba evaporar por el sol y el viento. Hoy se sigue extrayendo la sal mediante evaporación a través del calor que sale de debajo de unas grandes “sartenes” durante un día entero, hasta que solo queda una espeso líquido, la solución salina.

Fue alucinante comprobar cómo esos cristales de sal pura que se extraen tras la evaporación, al mirarlos por el microscopio, tienen la forma exacta de una pirámide. ¡Tema misterioso teniendo en cuenta la simbología que tienen las pirámides! Y lo más curioso es que si los analizas bien, compruebas que son  minúsculos cubos perfectos colocados uno encima del otro exactamente igual que en las pirámides de Egipto.

¿Se inspiraron los egipcios en la sal para hacer sus pirámides?  Lo que sí es cierto es que los cristales brillan en el agua de tal forma que puedes imaginarte una perfecta estampa navideña, con la nieve en el suelo y el sol reflejándola.

En todo este proceso natural el resto de elementos del agua de mar, como el magnesio y el potasio, se sedimentan en los laterales y la base de las “sartenes”, dejando libre de cualquier otro elemento al cloruro de sodio puro. Lo que no sabía es que el magnesio es el “causante” de ese regusto amargo que queda cuando se te ha ido la mano con la sal y te cargas un buen plato. Aunque el magnesio tampoco es que sea el malo de la película, porque es esencial para nuestra salud y se encuentra de forma natural en muchas plantas y animales que comemos: verduras de hojas verdes, legumbres, nueces, semillas, carne y pescado o agua mineral y del grifo. Pero no la necesitamos en la sal porque deja ese regustillo que no tiene ninguna gracia.

Por último la sal se extrae de las sartenes a mano con una especie de enormes remos por remeros que llevan años haciéndolo con todo el cariño del mundo, y se deja secar de forma natural hasta que la sal está casi.  En la fase final entra durante unos minutos en una maquina con aire que  asegurar que esté totalmente seca para meterla en las famosas cajas de cartón Maldon. 

La experiencia en esas remotas tierras de mi segunda patria (creo que la primera para mí ya es España) ha sido absolutamente increíble. Y lo que me queda más claro que el agua es que, de ahora en adelante solo voy a usar sal pura y además Maldon, porque creo firmemente en sus propiedades y porque además a corporativa no me gana nadie.

Sheena Campbell-Royle

Directora de SCR Comunicación